LAS BOTAS ROSAS DE CORONA

Autor: Revista Líbero

Texto: Miguel Ángel García Corona, futbolista de la UD Almería

El gran capitán rojiblanco vuelve a Almería después de un año en Australia. Es una de las jugadas más románticas de un profesional que volverá a formar otro tipo de dupla de vestuario con Soriano, con quien ha vivido momentos mágicos. Uno de ellos, divertidísimo, es el que describe en este texto.

No sé si será muy habitual. Creo que sí. Yo, alguna tengo. Y, sobre todo, tenía. Me refiero a las supersticiones, que como las meigas, en esto del fútbol, haberlas, haylas. ¡Estuve enganchado a una mucho tiempo! ¿Cómo me quité? Así, de golpe, un 2 de marzo de 2014.

1995-laudrup-guardiolaAún no habíamos cambiado de siglo y la nostalgia no estaba tan de moda, pero el último grito de Adidas llegó en forma de viaje al pasado. Las Copa Argentina se convirtieron en el objeto de deseo de todos los juveniles de España. Eran como un revival de las Copa Mundial, ya entonces clásicas. Pero esas tres bandas llegando hasta la suela y una lengüeta un pelín más larga que caía mejor sobre la lazada, desprendían un influjo irrechazable. Y más para alguien aferrado a la estética de los jugadores de los 80 con sus botas negras inmaculadas, donde las Patrick de los hermanos Laudrup eran el cromo estrella de la colección. Yo tenía mis Copa Argentina y las cuidaba como oro en paño. Como los mocasines de los niños eran sólo para los domingos. Jugaba con ellas los partidos y las conservaba durante toda la semana con grasa de caballo para que estuvieran blanditas y relucientes para el siguiente fin de semana. Daba gusto tocarlas, aunque más tarde descubrí algo, incluso, mejor: la manteca de cerdo Campofrío. ¡Las dejaba como un guante! El caso es que aquellas Copa Argentina fueron las últimas clásicas que usé, pero me dejaron una adicción que tardé en superar. Me gustaban las botas negras y no era capaz de usar otras. Al principio fueron blancas. Me veía ridículo y pensaba que no sería capaz de dar un pase al compañero. Sería complicado mantenerse virgen ante el aluvión de colores que se preveía. Me aferré a las Predator, que en todas sus ediciones mantuvieron un modelo principal en negro con detalles en rojo y estuve usándolas durante 4-5 temporadas. Y, a pesar de ver cada semana al señor Zidane con ellas, tenía la sensación de que no me traían suerte. Por eso, durante el verano del 2006, y coincidiendo con un nuevo giro en mi carrera, me aventuré a darle color a mis pies. Predator azules y blancas para empezar aquella temporada que tanto me ilusionaba. Almería 0 – Tenerife 1 fue el resultado en la primera jornada. “¡¿Pero a quién se le ocurre estrenar unas botas con los colores de tu rival ese día?!” De las derrotas más asombrosas que he sufrido en mi carrera. Perdimos sin que nos lanzaran entre los tres palos, ya que el gol fue en propia puerta tras un centro lateral. Aún así, y porque hicimos buen partido, hubo una segunda oportunidad. Y hasta una tercera. Pero tras tres derrotas, y el proyecto tambaleándose, juré que nunca más volvería a usar botas de colores. Antes volvía a ponerme pantalones campana que unas botas que no fueran principalmente negras. La siguiente semana se tornó gris. Aún siendo septiembre, con toda su luz habitual en Almería, sobre el Estadio Mediterráneo se ceñían unos nubarrones que amenazaban tormenta de la buena. Era un secreto a voces que si no ganábamos al Cádiz en la matinal del domingo el entrenador sería despedido. Como ya irán imaginando no me quedó más remedio que agarrarme a esos asideros que cada uno tenemos para los momentos delicados. Hay quien recibe una botellita de agua bendecida de la fuente de su tierra.Corona_uda Los hay que mandan prendas de su ropa para que las limpien de mal fario. Y quienes recurren a la clásica bolsa de ajos. Sin olvidarnos de los amuletos que, escondidos debajo de las espinilleras, cambiarán el curso de los acontecimientos. Existen muchos tipos de “trabajos”, que dicen los entendidos. Yo me calcé mis botas negras. No había vuelta atrás. Las circunstancias mandaban y estaba en una situación límite. Hacía tiempo que no me sentía tan feliz en un equipo y en un terreno de juego como para andar con experimentos. ¡De ninguna manera! Llegó el domingo y con el toque del Ángelus el árbitro dio comienzo al partido. Y como en Mary Poppins, el viento viró. Así, sin más, todos nuestros males volaron como las aspirantes a niñera de los hijos de los Banks. Ganamos 2-1, marqué un gol y resistimos más de media hora en inferioridad numérica tras un penalti histórico que se produjo 5 metros fuera del área (no, no exagero, busquen en YouTube “el penalti más tonto de la historia Almería – Cádiz”). Nada ni nadie había podido con la fuerza de mis botas negras. ¡Lo sabía! ¡Qué tonto! ¡Cómo podía haber renunciado a la única convicción que tenía en mi carrera! ¡Un futbolista tiene que jugar con unas botas negras! No habría oportunidad ninguna para las botas de colores en mis pies. ¡NO! ¡Nunca más! Tras aquella victoria al Cádiz, el equipo fue un tiro y, faltando 4 jornadas, ascendimos a primera. Inolvidable temporada e inolvidable aprendizaje.  


Pero mira por donde, 7 temporadas después, y tras hacer malabares para mantenerme incorruptible frente a las tentaciones de la colorida modernidad, llegó un momento de duda. Aún con todas las alegrías que me habían dado mis eternas botas negras valoré dar un volantazo. Lo creía necesario. Algo había que hacer. Era la última semana de Febrero de 2014 y el equipo andaba metido en una mala dinámica, al igual que yo. 2066946_w2Visitábamos al Barça y pensé: “¿Qué posibilidades tenemos de ganar aquí? Si me cambio las botas y perdemos nunca podré echarle la culpa a ese cambio? ¡Pues probemos!”. ¡Sí, ya lo sé! Muy injusto para las nuevas, examinarlas en el Camp Nou. Pero había que intentarlo. Me pondría las botas rosas. ¡Sí,rosas! O fucsias, como prefieran. Simbolizaba superlativamente lo que significa hacer un cambio en tu vida. ¡A la tremenda! Ya que lo haces, lo haces de verdad. Pero el destino me pondría a prueba como nunca me hubiera imaginado. Hora y media antes del inicio del partido me veo en la pizarra en el once titular. “¡No puede ser! ¡¿Hoy?! ¿Después de 16 partidos consecutivos calentando banquillo? ¡Venga hombre!”. 
Llegué al vestuario hecho un lío. Recuerdo como, sentado en mi taquilla, miraba hacia abajo y veía mis habituales Predator negras junto a esas botas rosa chillón de cordones amarillos fosforitos y no me podía creer lo que me estaba pasando. ¿Ahora qué? ¡Ojo, 7 temporadas seguidas jugando con botas negras! No era fácil. Pero tiré hacia delante. Había tomado una decisión y no tenía nada que perder. No esperen leer que ganamos. ¡No, no, esto no es Hollywood! Perdimos. Pero hicimos un partido digno y salí reforzado del envite ganándome un puesto en las sucesivas alineaciones. Con mis botas rosas. Sí. Y llegamos vivos al final con opciones de mantenernos en primera. Pero éstas pasaban porque se diera, casi, un milagro en las 4 últimas jornadas. Necesitábamos entre 9 y 12 puntos, según se dieran el resto de resultados. Después de ganar en las jornadas 35 y 36 afrontábamos una final en Granada en la penúltima. Salté al campo con mis botas rosas, mi nuevo talismán. Fuimos al Estadio Nuevo Los Cármenes con 1.000 hinchas detrás y ganamos 0-2. La jornada se jugaba de manera simultánea y una emisora de radio nos dio por salvados matemáticamente tras los resultados de otros campos. ¡Imagínense! Se disparó la euforia. Aquello era una Champions para nosotros. Corrimos a la grada donde estaban nuestros aficionados y estallamos de júbilo. Fruto del éxtasis les tiramos las camisetas, las sudaderas, algunos los pantalones... y el siempre prudente Miguel Corona y su amigo, el aún más prudente, Fernando Soriano lanzaron las botas. Sus botas rosas. 1394130448_extras_noticia_foton_7_1Pero, como en las grandes funciones circenses, al llegar al vestuario, y tras redoble de tambores, llegó el número final. “Ha habido un error. NO estamos salvados. Una derrota en la última jornada y una victoria de Osasuna por más de 2 goles nos lleva al pozo”. ¡Se abrió la tierra a mis pies! Y encima descalzos. Había regalado mis botas rosas y no las podría usar en el partido más importante del año. Aquellas que dieron color a mi temporada. Mis salvadoras no estarían en el momento que se tenía que salvar el equipo. ¡Me quiero morir! ¡Estaba como Popeye sin espinacas! ¡Tenía que recuperarlas!¿Cómo? Cuñas radiofónicas, webs, Twitter… me faltó colgarlo en el corcho del Alcampo: “Después de regalar nuestras botas tras el partido de Granada pensando que ya estábamos salvados, pedimos a aquellos aficionados que las tengan las lleven a la sede del club para que podamos jugar con ellas el último partido. Se las volveremos a regalar tras el encuentro con una camiseta del partido de la salvación. Gracias”. El miércoles ya entrené con ellas. La prensa nacional se hizo eco de la historia y nos pedían entrevistas. Pero no estábamos para shows. Había una misión imposible que terminar y no podíamos despistarnos. El sábado el Estadio Mediterráneo se llenó y, ahora sí, celebramos una milagrosa permanencia. ¡La vida era color de rosa! Hoy, supongo, esas botas descansan en alguna caja de esos incondicionales del Almería y, por supuesto, en uno de mis más bellos y anecdóticos recuerdos. 

 

Revista Libero

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