-HISTORIAS DEL VIEJO SAN MAMÉS-

La Catedral ya no existe. El estadio más antiguo de España dejó de abrir sus puertas después de un siglo de vida. Un reportaje fotográfico para despedir cada esquina del recinto vasco donde el fútbol alcanzó la máxima representación de la pureza. Visitamos sus pasillos, su pequeño palco de 70 plazas, las gradas de madera y su fantástica atmósfera después de uno de sus últimos partidos. Un lugar que vio, por ejemplo, como debuto un tal Iker Casillas un 12 de septiembre de 1999.

 

Texto Líbero | Fotografía Fabio Cundines y Lino Escurís

Un maestro del periodismo, Patxo Unzueta, hablaba en su imprescindible libro ‘A mí el pelotón. Y otros escritos de fútbol’ de que el Bilbao de finales del siglo XIX era una ciudad política y socialmente muy plural. Y de que los fundadores del Athletic “ignoraban que cien años después su invento sería la más universal de las asociaciones cívicas bilbaínas”. Apenas tres años antes de fallecer, Frederick Pentland, el mítico Mr.Pentland, realizó una última visita a Bilbao en 1959. Desde sus gloriosos 76 años, desde la autoridad que le otorgaba haberse convertido en el entrenador que más títulos ganó en la historia del club y desde la pasión que infunde el ser reconocido como una figura referencial del santoral rojiblanco, se dirigió a la plantilla del Athletic en los momentos previos a su partido de homenaje en San Mamés ante el Chelsea: “Vosotros sois los nietos de los antiguos, pero sois igual que ellos. Parecéis los mismos. Dichoso el pueblo que sabe conservar así la tradición”, dijo con cariñosa solemnidad. Después, sin soltar nunca su bombín y su puro, realizó el saque de honor en la Catedral para registrarse en la historia por aclamación popular. Los “nietos” rompieron a aplaudir emocionados. Sabían de sobra que estaban ante un prócer del banquillo local. Cuestión de tradición oral, tan respetada en “el bocho”.

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Casi cuatro décadas después, mantener la singularidad en tiempos de la “sentencia Bosman” (1995) fue para el Athletic casi un acto de resistencia heroica. Mientras la mayor parte de los clubes europeos jaleaban el mercadeo de jugadores comunitarios como signo de los nuevos tiempos, a orillas del Nervión se continuaba cultivando el acervo del producto autóctono. También resistiéndose a la tentación cuando llegaban malas temporadas y afloraban voces disidentes en el entorno y el seno del club. Incluso algún presidente llegó a decir que Euskadi no daba para dos equipos en Primera. Unos 15 años más tarde a ese directivo le contestaba una lúcida voz plena de experiencia: D. Rafael Iriondo, con 93 años, explicaba la clave del debate en una entrevista concedida a Jon Agiriano para ‘El Correo’ en 2010: “Lo que pasa es que nadie te asegura que cambiando se vayan a ganar títulos. Y claro… lo que no vas a hacer es cambiar para nada”. Una postura nada extraña en alguien que sobrevivió al bombardeo de Gernika para convertirse después en uno de los extremos más goleadores y carismáticos del fútbol español.

En Santiago Segurola conviven la pasión infantil por unos colores y el sentido crítico obligado por su profesión. Sabe que el ritual de subir por la calle Pozas hasta divisar el escudo del Athletic en el muro de la vieja catedral ha sido una ceremonia sentimental común para miles de aficionados de varias generaciones. Porque San Mamés es piedra, plástico, pintura y metal: nada menos que el envase de un sentimiento colectivo. Es el hogar de un equipo que hizo de la diferencia una bandera. Es historia del fútbol y de una comunidad singular. Es ‘Rompecascos’ y su grito de guerra jaleado por la tribuna antes de cada partido. Es la electricidad generada por miles de almas rojiblancas que se encienden con el ánimo de contagiar a sus jugadores.

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El ojo clínico de un tal Marcelo Bielsa diagnosticó esa corriente de comunicación entre el césped y la grada: “San Mamés es una caja de resonancia del sentimiento. San Mamés siempre reconoció los momentos de debilidad de su propio equipo. Te da la mano para que no te ahogues. Tiene una forma de comunicarse con los protagonistas. He podido observar los mensajes que emite a los jugadores”.

Mensajes que fluctúan entre lo explícito y lo intangible. Como el que aquella leyenda vestida de negro riguroso le devolvió a la grada en el último partido celebrado en la vieja Catedral cuando se colocó entre los palos de la portería de Misericordia por última vez mientras la plebe le aclamaba con la proverbial tonadilla de “Iribar es cojonudo”: “Iribar es uno más”, dijo. “Los cojonudos de verdad son el Athletic, San Mamés y su afición”.

Revista Libero

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