DORMIR EN LA HABITACIÓN DE CRISTIANO POR 25 EUROS

La habitación 34 de la Residencia Dom José en Lisboa conservó un diamante en 2001, mientras duraron las obras de las instalaciones del Sporting. Las empleadas de la vetusta pensión todavía recuerdan al único joven inquilino que prefería la pelota a la PlayStation.

 

Texto Antonio Moschella | Fotografía Ricardo Viel

En la Avenida Duque de Loulé de Lisboa, a unos escasos metros de la céntrica Plaza Marqués de Pombal se halla la pensión Dom José. Ubicada en el último piso de un inmueble vetusto, esta residencia rústica fue durante casi un año la casa de un joven Cristiano Ronaldo. Entre el año 2000 y 2001 la Academia, el lugar donde se forman los jóvenes elementos del Sporting de Lisboa -para muchos la mejor cantera de Portugal y una de las mejores de Europa- estaban cerradas por reformas. Fue en este periodo cuando el actual delantero del Real Madrid vivió de verdad Lisboa, la capital a la que había llegado cuatro años antes procedente de Madeira, su isla natal perdida en pleno Océano Atlántico. Su vida antes se concentraba casi exclusivamente en las instalaciones de Al­cochete, localidad al otro lado del Tajo, donde las distraccio­nes eran menores y la lejanía con el alboroto del Bairro Alto permitía una mayor relajación y concentración. Sin embargo el año vivido en el meollo de Lisboa no cambió para nada la actitud de Cristiano.

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El joven isleño que a su llegada al continente había sido objeto de bromas por su acento a la hora de hablar siem­pre tuvo claro que para ser grande tendría que esforzarse y hacer muchos sacrificios. Y así fue. La dedicación al trabajo de Cristiano se refleja claramente en las palabras de María José Lopes, una de las encargadas del mantenimiento y de la limpieza de la pensión, que sigue en el mismo sitio después de más de 20 años: “Era un chico al principio muy introver­tido que no hablaba mucho con nosotras y pensaba solamen­te en ir a los entrenos y a hacer ejercicios”. A su lado, con una sonrisa muy conmovida a hablar del chico que paseaba muy apurado por los pasillos y mirando todo de reojo está la señora Laurinda Barros, que recuerda como “todos los chicos jugaban a la PlayStation pero él no, él hacía ejercicios o incluso jugaba al balón en los pasillos y en la habitación. Estaba obsesionado por el fútbol. ¡La de líos que me montó aquí dentro con esta pelota!”

 

Poco a poco el joven Ronaldo empezó a hacerse un hueco en el corazón de las dos empleadas, que veían cómo sus ojos brillaban más que los demás chicos de la pensión. “Recuerdo cuando, durante las tardes, pasaba de descansar en su habitación para ponerse a charlar conmigo mientras yo planchaba“, afirma Laurinda mientras señala una mesa de la cocina donde Cristiano se solía sentar en aquellos momentos. Al otro lado de la pensión está el área entonces totalmente a disposición de los jóvenes futbolistas, que dormían en habita­ciones dobles. La de Cristiano, que la compartía con Miguel Paixao, era la número 34, dos números que sumados entre sí hacen 7. Toda una señal del destino en su carrera. Dormir hoy en esa misma habitación tiene precio de mochilero: 25 euros la noche. Sigue prácticamente tal cual la dejó CR.

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Durante aquel año Cristiano aprendió a vivir Lisboa más de cerca, pero nunca se dejó llevar por las distracciones, como evidencia María Joséa: “Su objetivo era ser un campeón en el fútbol. Me dijo que un día sería el más grande”. La conmoción de la empleada de la residencia, mientras habla del que para ella sigue siendo un adolescente con ambición, es evidente, sobre todo cuando se muestra conmovida por su felicidad al ganar el Balón de Oro en 2014. Durante sus diez meses en la residen­cia el único chico que se desinteresada de la PlayStation y de las salidas nocturnas empezó a curtirse como profesional del fútbol y como hombre. Lejos de la familia, Cristiano encontró en María José y Laurinda dos madres, y en Miguel Paixao un compañero fiel de habitación y de vida.

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Sin embargo, en la época de formación del astro por­tugués fue Aurelio Pereira, entrenador de los juveniles del Sporting, quien tuvo el papel más importante. Pereira, que con 68 años sigue trabajando en el sector de formación del club lisboeta, sigue en contacto con Cristiano y no olvida su año de exilio en la Residencia Don José: “En aquel periodo Cristiano no cambió su forma de entrenar, aunque no viviera en las instalaciones de Alcochete y estuviera menos cuidado directamente. Siempre fue ejemplar en su desarrollo físico y futbolístico”. El que descubrió el talento de Madeira y lo convenció a mudarse a Lisboa para convertirse en un gran futbolista destaca su eterno compromiso. Aunque el que se enteró primero de los futuros éxitos de Cristiano fue su com­pañero de cuarto, Miguel Paixao, al que la entonces promesa dijo: “Jugaré en el Real Madrid”. •

Revista Libero

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